VIAJE A NICARAGUA (Febrero 2007)
Un año más, a finales de Enero, más cargados que el año anterior (que ya es decir!!!), pero con más ilusión y ansias si cabe, partimos camino de Nicaragua a ver a nuestros Chigüines.
Esta vez la cosa se nos complicó más, por que éramos un grupo más numeroso que el año anterior y llevábamos 5 maletas más de regalos. Así que por fin, después de cargar con las maletas arriba y abajo (menos mal que no nos registraron el contenido en las aduanas) y de casi un día entero de vuelos, con jaleos con los americanos a nuestro paso por Miami incluidos, llegamos a Managua, donde nos esperaba como siempre Don Orlando. Cargamos todo en la Toyota que habíamos alquilado y nos dirigimos a descargar al hotel.
Hicimos unas pocas visitas en la capital, a los niños que tenemos apadrinados en los distintos suburbios, que fueron los primeros en recibir la alegría de los regalitos y también los primeros en transmitirnos todo ese cariño que la gente de este país siempre nos entrega. Ellos iluminaron nuestro primer día en Nicaragua con sus enormes sonrisas y el brillo de sus ojos, que reflejaban su emoción y agradecimiento. Managua, Sierritas de Santo Domingo, Nindirí... fueron el objeto de estas primeras horas en el país.
¿Alguna vez os habéis sentido tristes, apenados, impotentes y al mismo tiempo felices y llenos en vuestro interior? Es algo difícil de explicar, pero así es como uno se siente en Nicaragua. Te da pena, te pones muy triste de ver en qué condiciones viven, que poco tienen, que vida tan difícil... te sientes impotente de no poder hacer más por ellos y de tener que vivir en un mundo donde hay tanta injusticia y desigualdad. Pero al mismo tiempo estás feliz y contenta... esos chigüines, que nada material tienen, son riquísimos en cariño, dulzura, entusiasmo por la vida... y son capaces de transmitirte todas esas sensaciones solo con un abrazo o un beso en la mejilla. Te hacen sentirte llena y afortunada al mismo tiempo, no solo por los bienes materiales que tu si tienes, sino por la fortuna de sentirte tan querida por todos ellos.
Leonor (la tía Paquita como la llamamos los españoles), Yubelka, Fanor, Jose Luís y Alejandro, los chigüines que te hacen animalitos y flores con hojas de palmera, los que simplemente se te acercan deseando que les tomes una foto, luciendo su mejor sonrisa, con los pelos enmarañados, la cara sucia... todos ellos fueron los primeros en hacernos revivir estas emociones que os cuento.
Al resto de chigüines de la capital les visitaríamos a nuestro regreso, pues teníamos que partir camino de las distintas demarcaciones en las que tenemos niños apadrinados. Así que avisamos a don Orlando de que los reuniera en su casa para cuando volviéramos, un par de días antes de coger el avión de vuelta a España. Pero no adelanto acontecimientos, de momento salíamos rumbo de la siguiente estación, Poneloya.
Aquí también nos estaban esperando. Juan había avisado de que íbamos y de que todos los niños estaban obligados a presentar las constancias de matrícula del curso que la semana siguiente empezaba (allí el año escolar empieza en Febrero) y las notas del curso anterior. Las madres habían hecho los deberes, y todas esperaban documentación en mano, mientras los chigüines alborotaban en la calle, mostrando la misma alegría e ilusión con la que ya empezábamos a familiarizarnos todos.
En Poneloya pasamos un par de días. El primero lo aprovechamos para hacer el seguimiento de cada uno de los niños apadrinados y asegurarnos que estaban cumpliendo con lo que el proyecto espera de ellos en cuanto a su educación. La presentación de los documentos solicitados era condición indispensable para recibir la tercera entrega del apadrinamiento.
Además, escuchamos los problemas que cada niño particular tiene y tomamos nota de todo lo que a enfermedades se refiere para poder solventar aquello que estuviera en nuestra mano. También hicimos entrega de los regalitos que los padrinos nos habían dado para ellos. Otros padrinos nos habían hecho entrega de dinero para comprar bicicletas u otros menesteres, pero eso sería el día siguiente.
El segundo día fuimos a León de compras, cargamos como pudimos con todo lo que teníamos en la lista (peticiones de los padrinos o de las madres de los niños) y regresamos por la tarde a Poneloya a hacer las entregas de todo ello.
Y tras un par de días maravillosos, en los que además de disfrutar de nuestros chigüines pudimos disfrutar también de las aguas del pacífico, de una playa estupenda y de unas temperaturas elevadas y totalmente veraniegas, dejamos Poneloya para dirigirnos a nuestro siguiente destino, la planta eléctrica de Santa Bárbara, que nos alojaría mientras hacíamos el seguimiento de los chigüines de las comunidades de Las Varas y de los Martínez.
El primer día que llegamos a la planta, donde como siempre nos recibieron con los brazos abiertos y la mesa puesta (que comilonas!!!!), lo dedicamos a los niños de los Martínez. Esta es una comunidad humilde, con casitas de barro, pero al estar al lado de la planta eléctrica, al menos tienen luz, lo que ya es un gran avance. Así que pudimos poner música y organizar juegos hasta el anochecer. Es increíble como jugando al pañuelo o haciendo carreras, estos niños puede disfrutar tantísimo y transmitir tanta felicidad que te contagia. Aquellos que tenéis hijos, o que trabajáis con niños en España, sabréis entender bien lo que digo. Es impensable que sin nada más que un pañuelo o una silla, sin videojuegos, sin juegos de los de más de 50 euros en los anuncios navideños, simplemente estando en la calle y la compañía de otros niños y nuestra, lo pasaran y lo pasamos tan bien que no se nos pasaron las horas volando. Eso si! A todos les encanta que les hagas fotos y les gusta posar y luego mirarse en la pantallita de la cámara digital.
Los niños de esta comunidad son los que estamos ahora en vías de apadrinar (recordaros que visitéis la página de niños pendientes de apadrinamiento, todavía hay muchos esperando su oportunidad) y unos pocos ya tenían padrinos, y por primera vez recibían noticias de ellos, una carta, una foto, algún que otro regalito... que carita se les quedaba!!!! Que emocionante saber que existen unas personas, que viven al otro lado del mundo, pero que les quieren y se preocupan por su bienestar. ¿Sabéis cuántas veces tuve que escuchar "¿tengo padrinos?", "¿conoces a mi padrinos?"...? O frases que dejaban entrever un poco esa "envidia" sana... "Scarleth ya tiene madrina", "Katerine también", "Déjame ver que te han mandado tus padrinos"... En fin, a ver si os animáis aquellos que todavía no tenéis ahijado, o si lo tenéis, seguro que conocéis a alguien a quien hablar de este humilde proyecto y que podría pasar a formar parte de esta familia, no?
Y bueno, ya después de otro día de fantásticas emociones nos pusimos en camino a Las Varas, la comunidad donde íbamos a vivir la mejor experiencia y más emocionante de este viaje: la inauguración de la nueva escuelita, que tanto sudor y trabajo nos había costado a todos, padrinos, colaboradores, niños y padres de la comunidad... la escuela Consuelo Cebolla Jiménez, llamada así en honor de la madre de Juan.
Allí íbamos a pasar un día entero y nos quedaríamos a dormir aprovechando la hospitalidad de las familias de esta comunidad, que poco o nada tienen, pero que no dudan en ofrecerte su casa, en compartir su comida y en brindarte todo lo que esté en su mano para que te sientas lo más cómodo posible.
El día de la inauguración de la escuelita fue la mayor fiesta que esta comunidad había vivido jamás. Para que os hagáis una idea... una comunidad a la que no es posible acceder en vehículo, aislada, a unos 4 kilómetros a pie a través de montañas o del cauce de un río para llegar a otro sitio habitado, sin luz, sin nada que hacer a partir de las 6 (que anochece) más que acostarte a dormir...
En este entorno, un día en el que alquilamos un motor para tener electricidad y poner música, en que hicimos comida en abundancia para todos los miembros de la comunidad y asistentes a la fiesta, en que había piñatas para los niños, en que organizamos juegos de todo tipo (¿habéis jugado alguna vez a "Churro va"? Madre mía las risas que nos pegamos), en que bailamos hasta altas horas de la madrugada iluminados por la luz de la luna y de una enorme hoguera que hicimos solo para alumbrar... ¿podéis imaginar lo que significó para esos niños? ¿podéis imaginar la felicidad que reflejaban sus caritas?
Además, para muchos de estos niños también era la primera vez que sabían de sus padrinos, que les conocían por foto o que recibían regalito. Y bueno, ¿que contar de los padres? Sin duda, en ninguna demarcación en la que este proyecto ha trabajado hemos tenido tanta cooperación por parte de los padres, tanto entusiasmo y tanto trabajo. Tampoco, y ya personalmente, me había sentido nunca tan bien conmigo misma como escuchando al padre portavoz decir las sinceras palabras de agradecimiento por todo nuestro esfuerzo para cumplir su ilusión de tener una escuelita y poder dar a sus hijos la educación que ellos no pudieron tener. Fue inevitable soltar unas lagrimitas y coger algún que otro berrinche al escuchar al portavoz, al izar las banderas de España y Nicaragua, al destapar la placa de agradecimiento que preside en la escuela... en fin... un día de muchas emociones.
Antes de seguir contándoos nuestras aventuras, no sería justo terminar con la parte del viaje referente a la escuelita de las Varas, sin recordaros a todos que gran parte de los fondos con que esta escuelita ha sido construida salieron del magnifico evento que fue la primera cena solidaria a favor del proyecto. Una iniciativa que Rafa y Mª José, del Restaurante Burana (en Polinyà de Xúquer), que con todo su cariño y dedicación dieron lo mejor de si, haciéndonos disfrutar de un encuentro maravilloso y logrando la gran recaudación que ha hecho posible el sueño de tantos niños: la escuela Consuelo Cebolla Jiménez.
Al día siguiente, nos levantamos muy tempranito, como a las 5 de la mañana, para hacer el camino de vuelta a la planta eléctrica antes de que el sol empezara a calentar. Estábamos cansados y no habíamos dormido casi, pero los recuerdos del día vivido nos daban mucha energía para seguir con las actividades planificadas. Nos tocaba otro día en los Martínez.
Repartimos todo el material escolar que teníamos para ellos, siguiendo el censo de la escuela y verificando la marcha de sus estudios. Además fue otro día de juegos y actividades, de fiesta, de baile... nos cocinaron un puchero con una gallina que mataron adrede para la ocasión y cenamos en una de las humildes casitas de la comunidad. Al día siguiente ya íbamos a partir en dirección a San José, así que fue una pequeña fiestecita de despedida.
Nuestra llegada a San José al día siguiente fue un poco frustrante. Estábamos deseando llegar a la comunidad más pobre y desfavorecida de todo el proyecto. Ya os conté en mi primer viaje que fue el sitio que más me impactó de todos, del que por muchas cosas y penurias que te hayan contado nunca imaginas la dura realidad, y es que la situación es mucho peor de cualquier cosa que pudieras tener en mente. Me sigue pareciendo incomprensible y no cabe en mi mente como unos niños que tienen tan tan poco y en unas condiciones de vida que calificaríamos de infrahumanas pueden transmitir tanta felicidad y alegría y pueden tener ese brillo en sus ojos y una enorme sonrisa siempre en los labios.
El caso es que al llegar allí nos encontramos con que n grupo de médicos canadienses estaba haciendo en la escuela una revisión a todos los niños. Como sabéis esta comunidad está pegadita a la carretera que lleva a Matagalpa y son muchas las personas, asociaciones, grupos de gente que pasan por allí y, viendo semejantes condiciones de vida, es imposible no parar.
Así que nos alegramos por los niños y por el bien que eso les suponía, pero no quisimos entorpecer la labor de los médicos. Simplemente entregamos los regalos que más abultaban (aguinaldos de comida que algunos padrinos nos habían encargado comprar a sus ahijados) para no tener que andar con ellos arriba y abajo y decidimos volver al día siguiente. Pero una pequeña anécdota de este día si que os quiero contar, y es que la sensación que viví no la puedo resumir en palabras:
El año anterior había sido la primera vez que veía a mi ahijado, y como os conté había sido cumplir un sueño el poder abrazar y besar al niñito que tanto quería y que había visto crecer en foto. Sin embargo para él yo era una desconocida y actuaba con un poquito de recelo. ¿Podéis imaginar como me sentí este año cuando al llegar allí mi ahijado se tiró a mi cuello gritando "madrinaaaaaaaaaaaaa" y empezó a comerme a besos? Dios mío!!!! Que sensación!!! De verdad, si os queda alguna duda de lo que significáis para ellos yo os aseguro que podéis olvidarla.
Y bueno, el día siguiente ya volvimos, con todo el día por delante, y ya hablamos con la profesora, con los niños, con los padres que estaban presentes, acabamos de entregar todos los regalitos, acabamos de pintar la escuela, hicimos más juegos con los niños, y en fin, todo lo que supone el seguimiento de los niños que forman parte de este proyecto.
Y después de tantos días de trabajo, nos permitimos tomarnos un día libre para disfrutar de una de las bellezas naturales más impresionantes de Nicaragua, el Tuma La Dalia. Una zona increíble, entre montañas donde todo era verde. Todo el equipo nos desplazamos allí, a un bonito ranchito propiedad de una prima de Doña Maribel, que amablemente nos abrió las puertas de su casa. Montamos a caballo y paseamos por aquellos fantásticos parajes.
Y bueno, ya como colofón a este viaje, regresamos a Managua, la capital, donde todavía nos quedaban algunas visitas por hacer: Estuvimos en casa de Don Orlando, que había reunido allí a los chigüines que nos faltaban por ver, a los que hicimos entrega de los regalitos de sus padrinos, cartas... Y también visitamos la iglesia y el seminario que se había quemado. Podéis ver aquí como quedó todo tras el incendio.
Y bueno, podría pasarme horas y horas contándoos todas las anécdotas del viaje y explicando cada una de las fotos, pues guardo el recuerdo intacto de cada uno de los momentos que pasé con esos niños. La sensación que teníamos a las pocas horas de estar allí era como si lleváramos toda la vida, como si los días fueran larguísimos, hacíamos tantas cosas, recibíamos tanto cariño a cambio, no se... de verdad que las horas parecían no pasar. Sin embargo ya de vuelta, en el avión, todo había sido como un suspiro. ¿Ya ha acabado? Pues si... que penita volver y dejarles allí...
Pero no quiero despedirme de vosotros sin antes mostraros las palabras de nuestra compañera Asunta, que al igual que el año anterior, ha querido escribirnos para que sepamos como lo vivió ella. Podéis leer aquí su carta.
No se si habré sabido trasmitiros en esta página todo lo que sentí, aunque espero que al menos, podáis haceros una pequeña idea. De todas formas, sabéis como contactar con nosotros, así que cualquier pregunta, curiosidad o duda con la que os hayáis quedado, ya sabéis, mandáis un email y prometemos contestar tan pronto como nos sea posible.