El colaborador granadino José Antonio Rodríguez cuenta su quinto viaje a Nicaragua. Regresó al país con la ONG Chigüines de Nicaragua. Se reencontró con la niña que apadrinó hace 12 años

Aun no siendo éste mi primer viaje, pues ya cuento cinco vuelos de ida y vuelta y siempre sintiendo, en cada uno de ellos, vivencias y experiencias distintas, han sido diecisiete maravillosos e innarrables días en Nicaragua. Vivencias y experiencias vistas desde el aspecto más emocional que una persona pueda sentir, o al menos a mí me lo parece.

Sería difícil contar con detalle los momentos que, en el caso de este viaje, hemos vivido seis personas conviviendo noche y día, viajando por este maravilloso país, desayunando, comiendo y cenando, organizando el material que se iba a repartir el día siguiente, riendo y llorando. En las horas de relax, que eran pocas, o mientras cocinábamos unos espaguetis con tomate, comentábamos las anécdotas del día y cómo cada uno de nosotros explicaba con vehemencia las cosas más significativas y extraordinarias, cómo las había vivido o sentido.

Nicaragua

Regreso a Nicaragua

El reencuentro, en mí caso hacía como siete años de mi viaje anterior, tuvo una gran carga emotiva. Los niños ya eran adolescentes, pero aún me recordaban. Pude comprobar el paso del tiempo desde la distancia. Con algunos padres, de los que yo recordara y ellos a mí, me emocioné en un emotivo abrazo.

El retorno a lugares donde anteriormente estuve me llevó a un viaje interior donde la paz, el sosiego y la tranquilidad invadieron todo mi ser. Sin saber si podría cumplir mi promesa, me juré volver cada año a este lugar para curarme las heridas que nuestra sociedad nos produce, casi sin que nos demos cuenta.

“Me reencontré con una niña que apadriné hace 12 años”

Nada de todo lo que aquí pueda contar es comparable con el momento en que me reencontré con la pequeña mocosa que había apadrinado 12 años antes. En enero de 2007, mi primer viaje, ella se acercó a mí, me dijo si yo podría comprarle unos zapatos. Al día siguiente, comenzaba la escuela y solo tenía unas chanclas chinelas para recorrer un camino en el que había muchas piedras. Doce años después, la pequeña mocosa, para mí, la primera niña del proyecto, ha finalizado una carrera universitaria, es solidaria con la gente de su comunidad y es posible que aporte su ayuda para el cambio social que solicita su mundo.

“Este proyecto funciona”

Doy fe de que este proyecto funciona, da esperanza a quien lo necesita, da medios a quien puede. Seguro que muchos niños y niñas de allende los mares siempre recordaran a aquellas personas de otra parte del mundo que ayudaron de manera altruista al equilibrio de este mundo injusto.